Carlos Echeverry Ramirez
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Queridos amigos y lectores les quiero contar que nunca en mi vida me reí tanto, cómo y cuándo, escribía mi primer libro.
Y qué lleva por titulo: El último Viaje. Les quiero dar a conocer dos fragmentos de ese libro. Los otros ándan sin detenerse por el internet y piratéados. Se hen encuentrado unos ejemplares en las grandes ciudades de: Madrid, Mexíco DF.
En Buenos Aires me comentarón
unos amigos ---sólo hace pocos días---- en los semaforosse pueden comprar los primeros libros piratas de El último Viaje qué risa Toda ésta Aventura... Nada me extraña en este Mundo,
despues de todo lo increible y fantástico que hé conocido y vivido. Adelante con los piratas y Muchos exitos en las ventas. Si ésta és la única forma como pueden llegar mis escritos al pueblo y personas.
Un gran abrazo y furte lleno de Solidaridád y Alegría a Todas las Mujeres y hombres, niños y ancianos de hispanoamerica.
Aqui les pongo unos fragmentos de mi primer libro. Y con calma y más tiempo subiré otros extraordinarios y muy lindos fragmentos de: La Concha de Oro y de Amores y Desamores. Mis más recíentes escritos y en los cuales trabajo con el equipo humano de Catonet Grupo y Charrúa editores en argentina en correcciones y traducciones al idioma ingles y frances y estén listos para el verano, que ya llega en argentina y en la bella y sensual costanera del litoral de Paraná, Rosario, Santafe y Buenos Aires.
El último Viaje
ISBN: 978-0-9683701-0-0
Fragmento para ti escuchando los rumores del rio y sintiendo la bríza del atardecer y el trinar de pájaros en la aurora.
Carlos Echeverry Ramírez (Colombia)
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Fragmento de El último Viaje
Ginebra, noviembre 18 de 1996
Recordado Cato,
Recibimos tu postal. Nos llenó de risa y alegría, nos trajiste recuerdos maravillosos del día llamado ya, Fiesta de los Inocentes.
Esperamos que estés bien de salud, que tu dolor en la espalda, causado por el golpe con el fusil en la estación del tren haya desaparecido sin rencor alguno contra el hombre que lo causó.
Te escribo primero que todo para desearte una próxima ¡Feliz Navidad! en unión de tu esposa; también queremos mi esposa y yo que la ilusión de vuestro primer hijo se haga pronto una realidad.
Nosotros tres estamos bien, ya terminó mi trabajo en la prisión, pero continúo trabajando en mi tesis; mi esposa tiene un trabajo de medio tiempo, ella enseña francés a los pocos exiliados políticos que acepta este país.
Nuestro hijo, Daniel, hasta el presente no presenta problemas de ninguna índole en su desarrollo, esto nos llena de alegría y tranquilidad.
Te escribo porque considero un deber moral comunicarte los hechos que recientemente conmocionaron a la sociedad suiza y que a mí, en lo particular, me perturbaron.
Hace unas semanas solamente fue encontrado al lado de un contenedor, donde se deposita la basura de los edificios, el cadáver de un hombre.
Este muerto, como todos los anteriores cristianos que van a la vida eterna, era un caso más, un hecho normal y esperado en la rutina de esta ciudad, hasta el momento en que entró en el fúnebre anfiteatro municipal. Su cara y cuerpo, huellas dactilares y palma del pie, mostraron identificación exacta a la de los archivos municipales. El doctor Fontanelle, director del anfiteatro y del equipo médico que hace las autopsias dijo, en rueda de prensa, que el muerto se llamaba Ives Du bois.
Para la gran sorpresa de todos, este muerto tenía en su cara una expresión extremadamente ingenua que reflejaba una profunda paz. Su rostro y últimos rictus mortales no decían mayor cosa de sus finales momentos.
Los estudiantes de la universidad, incluyéndome a mí, para la práctica de la materia forense de antropología, y antes de practicar la autopsia correspondiente, veíamos este cuerpo ya dormido en la paz eterna con una curiosidad creciente al notar que tenía la particularidad de no parecer muerto, sino un cristiano arrepentido en estado cataléptico. Después de larga búsqueda encontramos un espejo pequeño y lo colocamos milimétricamente sobre sus amplias fosas nasales para estar seguros de que no respiraba. Al mismo tiempo y, un poco más tranquilos, los otros galenos presentes y estudiantes en práctica, después de discutir y especular sobre la extraña apariencia del acostado cubierto con un sudario blanco, llegaron a la simpática conclusión de que este muerto parecía más bien que estuviera haciendo una larga siesta, aquel dichoso sueño que ustedes los latinoamericanos hacen en las hamacas por varias y largas horas, después del mediodía.
Lo más desconcertante de este suceso que alteró totalmente y en forma dramática la paz de esta pequeña ciudad de Ginebra fueron los comentarios de la frescura de su cuerpo; llegamos a pensar todos los presentes, junto con el inspector J. Genet, que este cristiano no quería ser molestado o despertado de su siesta eterna.
Estando nosotros en la sala presenciando todo esto como testigos oculares de la autopsia, veíamos cómo el bisturí se deslizaba, por el pecho y abdomen, para sacar sus vísceras. Luego, vimos sacar cuidadosamente el estómago; intrigados los seres en este recinto observamos cómo estaba lleno a reventar de un líquido oscuro. Al abrir con el bisturí para sacar este elemento y hacer un examen químico, salió inmediatamente el delicioso aroma del Café de Colombia, que envolvió el amplio anfiteatro, oficinas, casa vecinas y los barrios contiguos, causando con su agradable olor un placentero bienestar en los ciudadanos.
Muy raro. Algo sorprendente.
Yo, que por rutina estoy acostumbrado a estas cosas, es la primera vez que presenciaba este extraño fenómeno. Minutos después del examen en el laboratorio supimos que este hombre, ahora cadáver, se había envenenado con el elemento químico para exterminar las ratas, aquél que venden en cualquier lujoso supermercado o en la tienda más humilde de cualquier rincón de la tierra; y que para camuflar su sabor, lo había mezclado con un litro y medio del aromático y exquisito Café de la Colombie.
Para tu sorpresa Cato; este cadáver, con una inverosímil cara de inocente, fue el hombre bruto y salvaje que en la estación del tren, en acto de odio y racismo irracional, descargó el fusil en tus espaldas, delante de centenares de personas y niños presenciando este penoso e inaceptable hecho.
Las autoridades y sus gentes tomaron esta muerte como un doloroso suicidio. La ciudad entró en profunda tristeza al conocer este episodio dramático y volvieron los latentes recuerdos sobre lo que pasó en la estación y el tribunal.
Al entierro, fuera de su esposa y su pequeño hijo de siete años, sólo asistieron sus padres y, por fuerza mayor, algunos militares y unos pocos funcionarios del gobierno.
Las gentes conmovidas, poco a poco volvieron a sus rutinas habituales; los fríos vientos de otoño anunciaban que estaba cerca la llegada del esperado Papá Noel con sus barbas blancas.
No había pasado muchos días cuando, otra vez, en el apartamento de un pequeño edificio y ante un miedo total en la vecindad, por la visita suicida de la muerte en nuestra pequeña y apacible comunidad, las autoridades desconcertadas encontraron el cadáver de una mujer que se acababa de suicidar.
Cato, esto nos parecía imposible de aceptar. ¿Qué destino fatal de suicidios venía a nosotros?
Ese día, las mujeres de Suiza, las mujeres europeas, las asiáticas y las norteamericanas, utilizando los medios del internet para comunicarse tomaron este suicidio de una abnegada, y joven mujer, como un símbolo, como un hecho de protesta contra la violencia irracional que existe en el mundo en todas sus formas. Repudiaron a través de internet, la historia del hombre, del macho, del fuerte; cuestionando en lo que finalmente se convirtió el hombre moderno, un irracional ser que sólo vive con el único objetivo en su vida de conseguir el dinero, no importándole qué tipo de acción o trabajo mezquino ejecute para lograrlo.
Cato, excusa mi larga carta, pero debo escribirte y contarte todo. Es muy importante que conozcas la verdad, después de esa vergonzante situación que sufriste en mi país.
Esa joven mujer de Ginebra que se suicidó y mujer habitante de todo el universo; dicen sus vecinos que la conocieron, estaba desolada, frustrada y cansada de vivir la vida al sufrir el continuo e infame maltrato físico y emocional de su esposo; y que, en las últimas semanas, según sus vecinos, había perdido la razón hasta enloquecer al darse cuenta que su hijo, una criatura inocente del mundo y que en su cuerpo con todo el amor engendró y a quien durante nueve meses con su sangre formó y durante muchos meses con su pecho alimentó; el ser que en los últimos años se había convertido en su única razón de vivir, era el hijo de un monstruo; era el hijo de un verdadero ...
ASESINO, ASESINO, ASESINO, ASESINO...
Dicen que eran las últimas palabras de la mujer que se suicidó, cuando perdida y con su dolor a cuestas caminaba en las noches oscuras llevando de la mano desconsolada a su pequeño hijo por las calles de Ginebra.
Cato, esa mujer era la esposa del hombre que te golpeó con su fusil en la estación del tren; cuando arrodillado con tus manos en alto pedías clemencia.
ASESINO, ASESINO, ASESINO, ASESINO...
Eran
sus últimas palabras. Fue todo lo que los habitantes de Ginebra y
sus vecinos la escuchaban decir, cuando en llanto y la sola compañía
de su hijo único tomó la determinación de envenenarse igual que su
esposo.
ASESINO, ASESINO, ASESINO, ASESINO, que mata sin piedad a sus congéneres, con crueldad y sevicia no conocida en fiera alguna; que los asesina lentamente y con premeditación, diseñando en reuniones secretas donde sólo entran los hombres, algunas veces con uniformes y otras en trajes de civil, sistemas políticos y económicos que no permiten a los otros hombres de paz y mujeres y niños inocentes, desarrollarse integralmente como seres humanos, siendo condenados a vivir perpetuamente en la maldita miseria y en una cruel esclavitud salvaje sin, jamás, poder aspirar a llevar una vida digna de un verdadero ser humano.
ASESINO, ASESINO, ASESINO, ASESINO...
Eran
sus últimas palabras cuando caminaba llorando, perdida con su
pequeño niño; ASESINO que sin compasión alguna mata inmisericorde
a los otros hombres, mujeres y niños con sus fusiles y bombas y con
sus nuevas armas químicas y experimentales con virus, bacterias y
microbios, que han desparramado, sin consideración y misericordia,
en las nuevas guerras ya conocidas por nosotros en Oriente medio,
Irak, toda África e incluso en algunos países de
Latinoamérica y Colombia.
Ser cansado, mujer agobiada por el maltrato irracional y sometimiento cruel ejercido por su hombre, que no era así cuando amorosamente le entregó su vida.
Mujer extenuada que miraba con angustia y sin voz, cómo a su hombre, siguiendo las órdenes e instrucciones de sus jefes, hombres cegados por la ambición y el poder, lo convirtieron en una bestia irracional y en el ser más cruel y despiadado.
Esa mujer murió; se suicidó, apenada ante Dios y la humanidad.
Cato, espero y quiero que entiendas y analices punto por punto mi carta.
Tengo hoy que aceptar y reconocer que tenías toda la razón en nuestros diálogos en la celda, cuando estuviste preso en Ginebra, que me reclamaste fuertemente al yo decir que afortunados ustedes en Latinoamérica porque tenían hombres corajudos que agarraban las armas para cambiar el sistema.
Con sinceridad te pido disculpas.
Estaba muy equivocado. Todos estos últimos acontecimientos me hicieron reflexionar y concluir que el único camino para vivir en paz y armonía es:
Entregar el control de la política y los gobiernos a la Mujer.
-Tú lo dijiste! , y te creí loco.
Cato, hoy veo la necesidad urgente y radical de que la mujer tome ya, e imperativamente, el control directo sobre los arsenales de guerra y los elementos químicos como el uranio y plutonio; con que se construyen las bombas atómicas y con los cuales el hombre bruto, en la dirección que va, terminará por completo todo vestigio de vida en el triste planeta llamado Tierra.
Es hora de que usted y todos nosotros pensemos y analicemos la muerte de la mujer que ha levantado y formado una toma de conciencia en el mundo.
Ella lo dijo, lo expresó con su muerte: El hombre, el macho bruto, como lo defines tú, va a destruir completamente la vida en nuestra bella tierra.
Tú y yo, nosotros, ¡todos! Seamos conscientes de que se necesita un cambio radical; que la mujer debe tomar el control de todos los elementos que el hombre bestia sólo utiliza para destruir y acabar con la vida de otros hombres, mujeres, niños y pueblos inocentes, con la única y estúpida razón de acumular más dinero y oro.
¡Qué avaricia! ¡Dios mío, ayúdanos!, es algo incomprensible, imposible de aceptar a estas alturas de la civilización. Cato tu comprendes lo anterior mejor que yo, porque me abriste el camino para pensar en ello.
Por último, te contaré lo que más me tiene conmovido y aún no encuentro una explicación:
Al entrar en un café encontré, por casualidad del destino, a una pareja de ancianos. Eran abuelos y estaban acompañados de un niño muy lindo de ojos azules. Al mirarlo lo noté un poco ausente e hiperactivo; saludé respetuosamente a los ancianos y busqué en el lugar una mesa para mi esposa y yo.
Al sentarnos, contentos, pedimos dos capuchinos con brandy, poco después volví a la mesa de los ancianos y el niño; ellos eran viejos conocidos del barrio y de mis padres. Era una pareja sin tacha alguna en su pasado de ciudadanos; estaban tristes y el niño feliz comía su helado en la copa; los saludé y me puse a conversar unos minutos con ellos. Llevaba varios días sin verlos, comentábamos sobre los nuevos grupos de hombres y mujeres organizándose para detener la violencia armada en el mundo, Latinoamérica y, en especial, en Colombia. Sí en Colombia, México y Argentina.
Al ver a tan lindo infante recordé al mío, dirigí la mirada y palabra al niño y le pregunté si había ido de camping, me respondió animadamente y muy contento, luego me contó alegre todo su viaje organizado por la escuela en los tres días que estuvieron en la montaña practicando este deporte. Esto me lo narraba mientras comía el delicioso helado; sin saber por qué, le pregunté: ¿qué quieres hacer el próximo verano? y el niño en silencio se levantó de la mesa, me miró y empezó a saltar en un pie y en el otro, como si estuviera saltando de cuadro en cuadro en un avión imaginario o jugando Rayuela, en el pequeño espacio que quedaba entre las mesas y ante la mirada llena de expectativa de la gente sorprendida que lo reconocían igual que a sus abuelos y padres. Volví y le pregunté mientras brincaba: ¿Qué quieres hacer el próximo verano?
Dejó de brincar, paró, me miró e ingenuamente se metió, muy despacio y sin dudar, las dos manitas en los bolsillos del pantalón buscando algo conocido en ellos; al no encontrar nada miró a través de la ventana del café, a lo lejos, y se quedó unos segundos así, mirando muy ensimismado, buscando el Sol, ya muy lejano en esta época del año.
Muy despacio me miró, y luego observó en forma detenida a la gente del café. De pronto, de sus bolsillos sacó las dos pequeñas manitas, las miró con atención, lentamente, las colocó frente a su pecho y las empezó a juntar por las yemas de sus deditos; yo pensé en silencio, por un instante, que iba a decir una plegaria.
El niño, mirando sus manos, como si en ellas guardara y protegiera con ternura infinita un colibrí herido, se quedó otra vez unos largos instantes en esa posición, luego, repentinamente las tiró hacia mí, las abrió despacio con un gesto conmovedor, y me soltó unas palabras que salieron con máxima alegría del centro de su corazón: ¡Quiero conocer los chigüiros y la tierra de la banderita tricolor, del amarillo, azul y rojo!
Yo, sin comprender estos gestos simbólicos, conmovido, igual que todos en el café, sólo pude agacharme y, tomando sus tiernas manos entre las mías, le dije todo emocionado: Yo te ayudaré. ¡Sí, yo te ayudaré!, El próximo verano, te prometo que conocerás los “chigüiros” y la tierra de la banderita tricolor. ¡Sí, te ayudaré!
Cato, me despedí y salí muy conmovido, tomé a mi esposa de la mano y fuimos a casa. Allí, en el café quedó Federico, el pobre niño huérfano de esa pareja suiza que se suicidó hace unas semanas.
En estos días, terminando mi tesis del doctorado en Antropología, me pregunto con imaginación qué quiso decir el niño Federico con sus gestos o ¿dónde?, ¿cómo?, ¿cuándo? y ¿de quién? fue que escuchó hablar de los “chigüiros” y de esa tierra con banderita tricolor del amarillo, azul y rojo que yo le prometí ayudarle a conocer el próximo verano.
Cato, todos mis abrazos y toda mi alegría en unión de mi esposa e hijo.
Pierre Charbonell.
Diciembre 28 del año 1996 "Dia de los inocentes"
Carlos Echeverry Ramirez- de Colombia
Reservados Todos los Derechos de Autor ante CIPO y WIPO
Phone: 1-321 252 2760
Juntos los dos...
Para Catico y la MUJER de la mirada: con un Mundo lleno de Ternura y Amor.
Autor:
Carlos Echeverry Ramírez
Colombia-Canadá
Miembro de la Union de Escritores de Canada
www.carlosecheverryramirez.org
fitofeliz@hotmail.com
Fragmento de: El último Viaje
ISBN: 978-0-9683701-0-0
Autor:
Carlos Echeverry Ramírez --Colombia
Es miembro de la Union de Escritores de Canada
Para: Catico
-Jóvenes, usted señor Cato, les quiero comentar lo siguiente:
“Hoy mi cansancio es mayor que en muchos años anteriores y muchísimo más que cuando estuve en la guerra”.
Anoche
estando acostado tranquilo, quizás como siempre, después que mi esposa
Charlotte se fue a acompañar a Martina y su fiel perro, a la caminata
habitual, hora en que el can hace sus necesidades y Martina recoge en
bolsa plástica la mierda, yo me quedé leyendo tranquilo, acompañado de
un Cherry semiseco y las melodías del violonchelo de Pablo Casals.
Cansado,
por el duro trabajo del día anterior, dejé el libro sobre la mesa, fui
a mi habitación y al entrar en ella puse el termostato en dieciocho
grados, desnudo me metí debajo de las cobijas; allí en la comodidad de
la cama y después de poner mi postiza dentadura en su medio adecuado y
colocar mis anteojos encima de la pequeña mesa de noche, apagué la luz
de la lámpara de leer y dormí sin problema.
No sé cuantas horas
habían pasado, cuando en el silencio y oscuridad de la noche, escuché
ruidos muy extraños al exterior de la alcoba, exactamente en las
escaleras; eran unas risas escandalosas y palabras desconocidas por mí.
Yo, un hombre que habla el latín, me asusté y sorprendido me senté a
esperar el fin de lo que escuchaba, sin tratar de hacer juicio alguno.
Consciente
estaba de que Charlotte, mi querida esposa no había llegado, ya que
varias veces toqué el lado de la cama donde duerme y no la encontré, lo
cual me causó mucha angustia; así, lentamente, los sonidos terminaron
de subir las escaleras y finalmente entraron en la habitación...
Observé,
cauto y desconfiado, entrar una sombra amorfa, un bulto grande
moviéndose con dificultad; con mis cansados ojos de anciano no podía
tampoco distinguir qué era, sólo escuchaba las risotadas escandalosas,
las palabras enredadas y un fuerte y marcado olor a alcohol.
Nervioso,
dudé de mis actos y pensamientos, creí momentáneamente que era una
mujer de vida alegre y numerosos clientes que se había equivocado de
casa y aposento; como pude, a tientas de ciego y en la negrura de la
noche busqué mis gafas, para poder prender la pequeña lámpara. Después
de hacerlo y para mi gran sorpresa encontré a ¡Charlotte!
Sin
creerlo ni aceptar, la encontré tirada al extremo de la cama, ¡Mon
Dieu! ¡mi esposa! ¡¡La bióloga!!, la directora por treinta años del
famoso coro de música sacra en la conocida iglesia luterana de Ginebra,
la mujer maravillosa, ¡Quelle horror! , la madre de mis cuatro hijos
estaba ahí, tirada al extremo de la cama, ¡¡completamente borracha!!
hablando en un idioma incomprensible, riéndose y actuando, como nunca
antes en nuestra apacible vida y después de cuarenta años de casados, a
estas horas de nuestro matrimonio y en el cenit de nuestras vidas.
Traté
de encontrar la causa de este inusual estado en ella, después de tantos
años compartidos, desde aquellos en los que yo iba o ella venía al
pequeño jardín al frente de la facultad a esperar que terminaran
nuestras labores académicas en la universidad. No supe que pensar.
Estimados señores y usted señor Cato, no sé que decirles o como expresar lo que sentí en ese momento.
Recuerdo
que tuve un inmenso vacío, una ahogadora tristeza, solté una irónica
risa, un débil entusiasmo y una rabia pasajera, y también todo aquello
que puede un hombre de mis conocimientos y jerarquía experimentar, en
esos segundos al ver a su querida esposa en esas lamentables, terribles
e inaceptables condiciones.
Horrorizado de ver a mi Charlotte
en esa situación, con voz angustiada, sintiendo una punzada fortísima
en mi débil corazón y dolor en mi brazo izquierdo, le pregunté:
-Charlotte, mon amour, mon Dieu, ¿Qué te han hecho?
Atónito y horrorizado, la observaba.
Ella
poco a poco, organizó sus desvariados pensamientos en medio de risas
desconocidas, con ternura abrasadora y en una voz jamás escuchada en
todos nuestros largos años de nuestra feliz relación, me dijo:
-”Freddy,
mi amor, ¡mi tesoro!, ¿Recuerdas anoche cuando vino Martina con su
perro a que la acompañara a caminar?... Muy bien, las dos nos fuimos
conversando, mientras el can buscaba un lugar verde donde hacer sus
necesidades. Conversábamos de muchas cosas, de ti, de Teodoro;
charlábamos acerca de nuestros hijos, de sus alegrías y frustraciones,
de las duras dificultades que enfrentan aún con todos sus títulos
académicos para encontrar un trabajo estable y bien remunerado;
dialogábamos de nuestras cosas de mujeres y que muchas veces o casi
siempre son muy diferentes a las que los hombres hablan entre ellos;
analizábamos también con impaciencia lo poco que podemos hacer o que se
nos permite por ustedes para mejorar el mundo; tristemente
comprendíamos lo mínimo que es aceptado y con escasa alegría recibido
por los hombres para hacer más solidario el bien común.
Caminando
las dos solas, apartábamos con nuestros bastones las hojas caídas, que
anuncian el fin del verano, acompañadas mentalmente, por aquello que
hemos creado, es decir nuestros hijos. Martina iba muy preocupada y yo,
meditabunda, llevaba en mí algo que no te he dicho en los últimos años:
sentía una creciente ansiedad de ver lo trágico que sucede en el mundo
fuera de nuestros vecinos, en otros países y regiones. Llevaba tristeza
y frustración, de ver lo poco que puedo hacer para cambiar lo que
escucho en todos los lugares que tú, como hombre, no frecuentas, no
escuchas, no entiendes, no quieres aceptar ni escuchar y que quizás
jamás comprenderás.
Martina y yo sorpresivamente, escuchamos a
lo lejos, en el Parque de la Esperanza, unos rumores de tambores como
africanos, unas guitarras, unas trompetas, flautas, lutes de Persia,
bandoneones, maracas de Sur América, acordeones, trompetas, tiples,
guitarrones y unos violines gitanos de Hungría y Rumania. Nosotras,
como bien tú sabes, somos curiosas y dueñas de una intuición, que
ustedes no tienen; ansiosas apresuramos el paso y fuimos a ver qué era
esa música tan bella, esas melodías con una sensualidad envolvente que
ahora escuchábamos en el mismo parque al cual íbamos tú y yo, cuando
éramos jóvenes y nos sentábamos a conversar del futuro, de nuestros
sueños e ilusiones. ¿Recuerdas mi amor, mi tesoro?
¡Freddy, escúchame! ¡Escúchame!
Al
llegar al parque, Freddy, mi amor, encontramos unas mujeres y hombres
extranjeros de pelo azabache con ropas llenas de colores, con todos sus
niños cantando al son de la música y bailando en una armonía, en un
ágape que jamás yo había presenciado en Europa.
Fuera de
nosotras, estaban muchas parejas conocidas, había varios ex colegas y
ex alumnos tuyos de la Universidad, las parejas y los vecinos nos
quedamos quietos y perplejos presenciando esa reunión, una fiesta llena
de amor y de fraternidad.
Martina y yo, dos mujeres ya viejas y
feas, como dos ancianas esperando sólo la muerte, sorpresivamente nos
encontramos, igual que los otros, en la mitad de ese pequeño carnaval.
Las
mujeres y hombres tenían unos dientes hermosos color nieve, una piel
canela y cabellos oscuros como las noches del invierno, sus músculos
tenían una simetría excelente, pequeños cuerpos en volumen pero de una
definición muscular sin igual.
Algunos tenían una
personalidad, una alegría y dinamismo como el agua en nuestros
riachuelos cuando baja las montañas en la primavera. Martina y yo
fascinadas con esas risas melodiosas mirábamos todo.
Allí, nos
ofrecieron vino y con todo el respeto del mundo nos invitaron a bailar;
sí, a compartir con ellos la alegría. Martina bailaba. Yo también
extasiada miraba cómo ellos bailaban conmigo sin importarles mi
lentitud, mi torpeza al llevar el ritmo, mis arrugas de mujer vieja y
fea. Todos nos aplaudían sin parar; esta gente desconocida por
nosotros, únicamente quería que Martina y yo, como seres, disfrutáramos
la vida y la alegría creada por estos músicos que vinieron al festival.
¡Hubieras
visto a Martina bailando!. Cómo se reía, ¡parecía una loca! Igual a esa
gente, a esas mujeres y hombres locos del parque llamados injustamente
así por nosotros los suizos. Qué ternura nacía en las miradas de sus
hijos, en los melancólicos ojos y en sus risas apacibles.
Freddy,
mi amor, espero comprendas, ahora porqué estoy tan contenta y ¡porqué
decidí tomarme unos vinos de más! Simplemente compartí con esos locos
la fiesta, que en ese parque de Ginebra, comenzamos a llamar la Fiesta
de los Inocentes.
Te preguntarás... ¡escúchame amor! ¡escúchame! ¿te preguntarás cómo llegué a casa?
Te lo diré:
Cuando
me sentí ya cansada de reír y bailar y, de oír tantos aplausos, como
nunca antes en mi vida los había recibido con tanta espontaneidad y
simpatía, le dije a unas mujeres llamadas Pilar Torres, la Mechas Otoya
y María Teresa, que, a propósito, me dijeron que trabajaban como
científicas investigadoras en un centro agrícola del cañaduzal, que
Martina y yo queríamos regresar a casa. Al instante, seis parejas de
los latinoamericanos ahí presentes, en forma alegre y aún disfrutando
con la música, nos acompañaron despacio a casa.
Las mujeres
charlábamos y nos reíamos, los hombres hablaban con los niños. Ellas,
las mujeres jóvenes, hacían muchas preguntas de nuestros sistemas
políticos, sociales, económicos y de mi relación personal contigo; eran
muchas preguntas sin pena, ni amargura, como si hubiera en ellas una
insaciable sed de conocimiento.
Al rato, caminando en medio de todas
estas conversaciones, no sé porqué y a estas horas de mi vida como
mujer, a mis setenta y cinco años, en forma total empecé a sentir en
todo mi cuerpo unas ganas y deseos inaguantables de estar junto a ti.
Sí,
mi amor, Freddy, mi tesoro, sentía unos deseos irreprimibles de tocarte
y sentirte junto a mí y que no tenía en muchos, muchos años.
Me
sentía una adolescente, con deseos húmedos y ardorosa pasión. Quería
que me tocaras, que me besaras, como en aquellos años ya lejanos e
inalcanzables para los dos, aquellos días en que ¡me jurabas amor
eterno!. Cuando éramos jóvenes y bellos, cuando éramos sólo los dos.
Quería
que nuevamente te olvidaras de todo aquello que existe en el mundo, ser
el Eje del Universo y volver a escuchar cuando tú me decías que yo era
toda tu gloria.
Al llegar a nuestra casa, acompañada de todo
este grupo y subiendo las escaleras como podía, sentí otra vez nervios
y pánico de lo que había pensado y deseado en el camino, no pude
contener mi nerviosas risas al darme cuenta y aceptar que estaba húmeda
en mi cuerpo, a mi edad y ¡¡después de tantos largos años!!
Más
ganas me entraron de acariciar tu ser, de contar nuestras costillas
marcadas por las huellas del tiempo, de sentir mis flacas y fláccidas
piernas, tocar y palpar tu vencido pecho, tus hombros ya cansados, tu
inflexible espalda. Quería y ahora quiero, que toques todo mi cuerpo,
mis arrugas en barro seco por donde pasaron los alegres y esquivos
riachuelos, las profundas grietas de mi piel, como si fueran hoy
alegres acordeones tropicales.
Que muy lento y con todo nuestro
tiempo, me beses toda. Sí, quiero que me beses suavemente, dulcemente.
Que acaricies mis largos y descolgados senos con sus tristes y
marchitos pezones, como si fueran ellos esta noche y ahora dos fértiles
oasis en un árido desierto, donde se alimentó la belleza de nuestros
hijos. Quería que juntos esta noche, tú y yo, nos llenáramos íntegros
de amor en un triste mundo moderno donde éste ya no existe.
Y así los dos en uno...
-Sí mi amor, ¡los dos!, ¡sólo los dos!
-Y, en un interminable beso fuéramos felices una vez más al final de la noche...
en Toronto Diciembre 28 del 1996
Carlos Echeverry Ramírez (Colombia)
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